Apuntes Psikonorte

La soledad estando acompañados

4 de septiembre de 2026

Muchas veces no sentimos soledad por falta de compañía, sino por falta de conexión emocional.

Nos adaptamos, actuamos, escondemos partes de quienes somos por miedo a no ser aceptados/as. Y cuanto más nos alejamos de nuestra verdad, más soledad sentimos.

La soledad nace donde no hay espacio para ser vulnerables, donde no sentimos que podemos mostrar lo que realmente nos pasa.

Por qué desconcierta tanto

Porque no encaja con la explicación que todo el mundo da. Si alguien dice que se siente solo, la respuesta automática es «pues sal más», «apúntate a algo», «con la de gente que tienes alrededor». Y cuando la agenda está llena y la sensación sigue ahí, aparece una conclusión incómoda: entonces el problema debo de ser yo.

No lo es. Sentirse solo estando acompañado no es una contradicción: lo que se echa en falta no es presencia, es intimidad, tener al menos una relación donde no haya que editar lo que se cuenta. Se puede estar rodeado de gente a diario y no tener ninguna.

Cómo se instala

Casi nunca de golpe. Suele empezar con algo razonable —no cargar a los demás con tus cosas, no ser el que siempre está mal, mantener el tipo en una temporada difícil— y se convierte en costumbre. Un día te das cuenta de que, cuando te preguntan qué tal, contestas «bien» incluso a la gente que te importa.

  • Das mucho más de lo que recibes. Eres quien escucha, quien organiza, quien se acuerda de los cumpleaños. Y no sabrías a quién llamar un martes a las once de la noche.
  • Resumes. Cuentas los hechos y te saltas lo que sentiste.
  • Te cansan los planes. No por la gente, sino por el esfuerzo de sostener el personaje durante tres horas.
  • La sensación es peor justo después. Vuelves de una cena animada y te sientes más solo que antes de salir.

Cuando esto se repite mucho tiempo, también deja huella en la imagen que tienes de ti: la idea de que lo que hay debajo no interesa a nadie no se queda quieta, va ganando terreno.

Lo que suele estar debajo

Rara vez es falta de habilidad social. Lo que casi siempre hay es una lección aprendida pronto: que mostrarse vulnerable salía caro. Puede venir de una casa donde las emociones molestaban, de una relación en la que lo que contabas se usaba después, de un grupo en el que ser distinto tuvo consecuencias. La estrategia de esconderse fue útil entonces; el problema es que sigue funcionando sola veinte años después, cuando el contexto ya no es aquel.

Por eso mirar la soledad lleva casi siempre a mirar los vínculos: cómo te colocas con los demás, cuánto pides, cuánto sostienes y qué temes que pase si un día dejas de hacerlo.

El antídoto no es llenar nuestra vida de personas, sino rodearnos de vínculos que nos vean, nos acojan y nos quieran sin condiciones.

Porque todas las personas necesitamos al menos un lugar donde podamos ser y sentirnos aceptados por quienes somos.

Por dónde se empieza

No por hacer amigos nuevos. Se empieza por algo más pequeño y bastante más difícil: contar una cosa verdadera a alguien que ya está. Un «la verdad es que llevo unas semanas regular» en lugar del «bien» de siempre. Suele bastar una frase para comprobar que la otra persona no se va.

Hay un detalle que conviene saber de antemano: las primeras veces se siente incómodo, incluso aunque salga bien. Eso no significa que haya sido un error. Significa que estás haciendo algo que llevabas años evitando.

Cuándo merece la pena acompañarlo

Sentirse así de vez en cuando forma parte de la vida. Conviene mirarlo con ayuda cuando ya dura meses, cuando ha empezado a retirarte de los planes, cuando va acompañado de desánimo o de ansiedad al relacionarte, o cuando coincide con un cambio de etapa —una mudanza, una ruptura, una jubilación— que dejó el mapa de relaciones reducido a la mitad.

En terapia individual se trabaja desde ahí: entender de dónde viene esa manera de protegerte, ir probando a mostrarte en dosis que puedas sostener y revisar qué relaciones te sostienen de verdad y cuáles solo ocupan sitio. Si te has reconocido leyendo, puedes escribirme.

¿Te ha resonado algo de esto?

Si quieres trabajarlo, puedes escribirme. La primera cita es una conversación, no un compromiso.

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